martes, 7 de febrero de 2017

El Decepcionado.

Sentado en una banca situada frente a su facultad, se encuentra un estudiante con cara de tristeza, de hastío, de decepción. Piensa en todo el tiempo que ha perdido estudiando una carrera tan inútil, tan carente de utilidad en estos tiempos en lo que la computadora domina todo ramo laboral en el mundo. Piensa en las razones estúpidas por las cuales abandonó la facultad de ingeniería, recuerda el romanticismo ridículo que lo llevó a seguir una carrera que nunca le iba a  generar un empleo bien pagado.

Lleva un buen rato sentado en aquella banca, al ir finalizando su quinto cigarrillo se acerca un compañero de clases a preguntarle la razón que le provoca esa cara tan amargada. Cuando el decepcionado le da cuenta de las razones el compañero le dice:

- ¿Cómo es que pensás eso?, date cuenta que en este mundo el éxito no se mide por la cantidad de dinero que ganás en un trabajo, eso es lo más ridículo que podés pensar. Podés ser feliz con un trabajo humilde, podés sobrevivir con un salario mínimo. Recordá que si hacés lo que amas el éxito va a venir por sí solo. Si sólo pensás en el dinero jamás vas a ser feliz.

Dichas esas palabras el joven se levanta, se despide y se retira del lugar. El decepcionado solo piensa en la adinerada familia del joven que se acaba de ir y piensa en lo fácil que es hablar de no necesitar dinero cuando la familia tiene lo suficiente para mantenerlo sin trabajar.

Tres cigarrillos más tarde pasa por el lugar aquella catedrática tan optimista que siempre le animó a seguir adelante. Lo saluda y escucha el mismo argumento decepcionado, a lo que responde:

- Hay decepcionado, usted deje de estar pensando en esos absurdos. Trabajo hay, búsquelo y lo encontrará, deje de estar quejándose porque ya no es un niño berrinchudo. Usted quiere ganar millones de la noche a la mañana y la cosa no es así, hay que pasar años en un trabajo para que le lleguen a pagar lo que usted quiere ganar.

El sermón dura unos minutos más, luego ella se levanta, se despide y se larga del lugar, con la satisfacción de haber ayudado a un alumno en apuros existenciales. Por mala suerte no crecí en su época, por mala fortuna no hay trabajo en la universidad para alguien como yo, por una mala jugada de la vida yo soy yo.

Él se queda sentado en la banca, viendo a los estudiantes pasar y recordando que los únicos trabajos, relacionados con sus estudios, que le han ofrecido son de ventas de libros. Genial, cinco años quemándose las pestañas y lo único que puede hacer es vender libros. No es que sea una labor deshonrosa pero… por favor, vender libros, y ni siquiera es negocio propio, vender libros para enriquecer a alguien más. Recuerda el trabajo ofrecido en un periódico, horario extendido, trabajar horas extras no pagadas y con días de descanso casi cada dos semanas por menos que el salario mínimo, vaya que es un campo profesional muy bueno.


El décimo cigarrillo está a punto de morir. El decepcionado se levanta, tira la colilla del cigarro, escupe al suelo, se acomoda los lentes y con los puños cerrados lanza un insulto en silencio hacia el edificio que durante cinco años lo vio ir y venir. Debe regresar al centro de llamadas donde es un número más, pero donde al menos gana más que un profesional graduado de su facultad. La decepción es grande pero tiene que resistir los agravios, el idioma extranjero y el “trabajo bajo presión” porque las cuentas no se pagan por arte de magia y la medicina de la abuela no es barata, ni el dinero que le debe dar a los delincuentes crece en los árboles y ni el piloto del bus lo dejará viajar gratis (porque no es ingeniero en sistemas para tener el dinero suficiente para comprarse un carro).

miércoles, 20 de enero de 2016

¿Por qué no estudiar literatura?

Como ya lo he dicho en más de una ocasión, históricamente el romanticismo dio paso al realismo, de igual manera la ilusión y esperanza de poder conseguir un trabajo bien remunerado al concluir mis estudios de literatura dieron paso al duro golpe recibido cuando me di cuenta de que la realidad es otra.

Del grupo que estudiamos juntos (y algunos otros que se cruzaron en el camino) uno o dos personajes lograron encontrar (con fortuna) un trabajo que se relaciona con la profesión, pero algunos (yo incluido) de los que logramos terminar la carrera estamos justo igual a como estábamos hace cinco años aproximadamente, en nada, intentando sobrevivir en trabajos mal pagados; yo, con jefes cuyo único talento es saber hablar en otro idioma y soportando clientes ignorantes que le hacen añicos la alegría y las ganas de seguir viviendo a los empleados como yo.

Es importante que existan esas carreras dicen, ¿importante para qué?, para recordarle a la gente que lo importante no es un título universitario si no tener los contactos correctos para tener un trabajo soñado. Si estudias letras tendrás un sólido conocimiento cultural e histórico para que puedas ser un ente de cambio social; claro, se nota el cambio que estoy logrando en la sociedad siendo un asalariado guatemalteco fingiendo ser un gringo para un empresa que me ha asignado un nombre ficticio para que sus clientes no se molesten porque soy un latino. Es importante conocer tu lengua materna; por supuesto, lástima que mi trabajo consiste en escribir todo en inglés, pero puedo enviar mensajes de texto y escribir en redes sociales sin una falta ortográfica, eso debe ser importante.

Si alguien llega a leer esto algún día y tiene el deseo de estudiar literatura, sólo puedo advertirle esto: 1) Es una carrera diseñada para gente que tiene el contacto correcto para conseguir trabajo al finalizar los cinco años de estudios. 2) Si el nepotismo no está a su favor que se abstenga de seguir adelante con sus sueños, “los sueños, sueños son” dijo Calderón de la Barca (para eso sirve la carrera también, para hacer citas bonitas). 3) Si está dispuesto a llevar una vida plagada de carencias, y puede soportar ser el hazmerreír de sus amigos ingenieros, abogados y médicos, pues entonces letras es la profesión indicada. De lo contrario será mejor considerar una profesión más rentable o bien estudiar el idioma inglés, al fin y al cabo quien sabe hablar inglés al cien por ciento tiene asegurado un empleo muy bien pagado y sin necesidad de quemarse las pestañas más de cinco años.

Desafortunadamente a mis casi 36 años de edad he abierto los ojos, demasiado tarde. Habrán algunos optimistas que me podrían decir que nunca es tarde y que puedo estudiar otra carrera, pero el pequeño gran inconveniente es que en este país tercermundista te vuelves obsoleto cuando pasas los 30 años de edad, no importa que te gradúes de abogado o ingeniero, si tienes más de treinta años eres inservible para las empresas. Alguien escribió que es malo medir el éxito por medio del poder adquisitivo, pero hay que ser muy honesto al respecto, soy feliz si tengo comida, techo y salud (cosas muy básicas porque puedo mencionar un par de cosas más), todo eso es caro (que alguien se atreva a negarlo) y si no tengo dinero (poder adquisitivo) no puedo pagar un buen doctor, voy a vivir en condiciones precarias (en una colonia marginal al borde del barranco -la novela se cuenta sola-) y seguramente no podré comer bien, en resumen fracasé, dicho de otra forma, no tengo éxito. La situación se pode más difícil si tengo esposa e hijos. Si no puedo mantenerme bien y no puedo darle buena vida a mi familia entonces ¿soy exitoso o no?

De que me sirve la pequeña biblioteca que he logrado reunir, es mentira que los libros me hacen viajar a otros mundos, no es así y nunca lo será. Es mentira que son amigos fieles que te hablan, hay que estar drogado para creer eso. Pero lo peor de todo es creer que los libros son un tesoro invaluable cuando en realidad se deprecian con el paso del tiempo (a menos que por buena fortuna caiga en mis manos una edición de Don Quijote de la Mancha de Ibarra, o una biblia de Gutenberg).

Pero… ¿de qué sirve quejarme ahora?, pues es un proceso catártico, es lógico. El drama a mi edad es grande, desperdicié mi vida en banalidades y cuando tuve mi última oportunidad de hacer algo bueno lo arruiné estudiando literatura. He escrito esto para advertir a los ilusos que piensan estudiarla, es un camino que lleva al fracaso económico (al menos a mí me dirigió por esa senda), no sólo no pongo en uso los conocimientos adquiridos sino que ya lo he olvidado casi todo por tener que trabajar vendiendo refrigeradoras y estufas a los angloparlantes vecinos del norte. Pero al final, la decisión la deberán tomar los interesados, yo ya expuse mi punto de vista y mi malestar actual.

domingo, 17 de mayo de 2015

MOTIVO

Un crimen más, un crimen menos. Razones, motivos, excusas para el delito siempre existen, siempre son válidos para el criminal, inválidos para la víctima, indiferentes para mí. Este uniforme y esta placa me vuelven anónimo, me transfiguran, me empoderan. Puedo ser juez y verdugo cuando en realidad soy el criminal, como sucede frecuentemente. La ley me ayuda a poder realizar lo ilegal, la balanza de la justicia yo la hago balancear para el lado del mejor postor.
Si alguien está leyendo esto es porque ya debo estar muy lejos, en otro país, prófugo y disfrutando de los frutos de mis “comisiones”. Si quien lee este documento se pregunta por qué estoy escapando, le contaré a continuación.

Mis manos están teñidas con la sangre del infeliz que fue encontrado muerto en los baños públicos del parque ubicado en el centro capitalino. Nunca se supo quién fue el responsable, yo me encargué de que nunca se averiguara. Las noticias informaron que murió de 33 puñaladas en el pecho y abdomen, pero en realidad fueron cuarenta en el pecho, abdomen y espalda. El día del ataque fue un veinticuatro de diciembre, el año el lector lo sabrá porque fue un caso muy famoso.

Para no extraviar al lector, debo aclarar que el siguiente párrafo parecerá no tener relación alguna con mi historia pero… créame que sí, la tiene.

La mañana del veintitrés de diciembre el joven Ahmed Abu-Gosh, hijo de un árabe un tanto adinerado, salió de su casa en zona catorce para ir a casa de su novia, luego al supermercado a comprar comida y licor para la fiesta navideña de su club de “beneficencia y apoyo al desamparado”. A las diez de la noche del mismo día, fue detenido por una unidad policial por conducir a exceso de velocidad en estado de ebriedad y por intentar agredir al oficial que le hizo el alto con un cuchillo de cocina. El padre del detenido se presentó a la estación, donde estaba retenido el mencionado Ahmed, para llevar a cabo el procedimiento y “llenar la papelería” para dejarlo en libertad. Al ser retirado de la celda Abu-Gosh, vio con desdén, con odio y con desprecio al anónimo oficial que lo condujo hasta donde estaba su padre.

Ahora regreso a mi pequeña confesión mi entrometido, atento y morboso lector.


Como de costumbre, caminaba hacia mi casa al final de mi jornada de veinticuatro horas continuas. Las últimas horas había bebido mucho café y además hacía mucho frío (no tanto como el del país a donde pienso mudarme pronto) y por esas razones debía buscar un sanitario a la mayor brevedad. Cuando entré a aquel sanitario del parque ubicado en el centro capitalino, aquel ser sin nombre, sin edad y ahora sin vida, me vio con el estribillo del ojo y sin pensarlo le clave cuarenta veces aquel cuchillo de cocina, de aquel maldito árabe dueño de la ley, que aquella fría mañana de diciembre me vio con desdén, con odio y con desprecio.

lunes, 22 de diciembre de 2014

El Culpable.

Por la calle mojada por la lluvia va caminando el hombre culpable. Por la vida plagada de dificultades y de personas molestas deambula la figura masculina del culpable. Sus ojos irritados de tanto humo de carro, de cigarro y de tanta rabia; sus oídos atrofiados por tanta bocina y tanto grito femenino; su boca amarga de tanto alcohol, tanto veneno y tanta ira tragada; su cuerpo cansado y tembloroso de tanto caminar buscando respuestas al otro lado de sus ventanas y de las vitrinas. Ahí va el culpable, nadie lo voltea a ver, nadie sabe quién es él, la sociedad ignora su existencia, los perros callejeros son los únicos que reconocen sus pasos. Su mirada perdida refleja la indiferencia que siente por los demás, sus ojos han extraviado la esperanza de volver a ver con alegría la vida. Su pelo es largo y desaliñado, rizado y negro como su visión del futuro. Su ropa está en buen estado aunque muy vieja, camisa de manga larga a cuadros negros y rojos, playera negra bajo la camisa que usa desabotonada, pantalones cortos de color café claro y con bolsos laterales, calcetines blancos y botas de color negro. Es el hombre atrapado en la década anterior, es el hombre sin revolución, es el hombre código de barras, es el hombre monocromático.

Su vida no ha sido fácil pero hay que admitir que la vida de nadie es fácil. Siempre supo que él era la excepción de la regla, siempre supo que estaba destinado para grandes cosas, siempre estuvo equivocado. Su familia fue disfuncional, lo que significa que fue una familia normal en medio de una sociedad leprosa. Como a todo infante, se le crió para ser un hombre de bien, un ejemplo de responsabilidad, de buena conducta, un buen marido, un buen padre, un autómata programado para ser productivo y sumiso ante el presidente, el jefe, el padre ausente, la esposa. El pequeño Ícaro fue creciendo y junto con él, los sueños de inmortalidad, las ilusiones de ser un artista, un escritor, un genio, un exitoso lo-que-sea. Con el tiempo vinieron las faldas y todos los problemas y responsabilidades junto con las ínfimas ventajas y derechos que acarrean las mismas. Las endorfinas, como siempre ha sucedido a lo largo de la historia, nunca le permitieron la objetividad. A todo lo que debía aceptar le dijo “no”, a todo aquello a lo que debía haber dicho que no, le dijo “sí acepto”. De esa forma terminó de amarrar la soga al cuello de sus sueños, de esa manera firmó la sentencia de muerte a su optimismo.

Ahí va el culpable, cansado de tanto caminar y no llegar a ningún lado, cansado de coleccionar pesadillas y sueños frustrados. Se le puede ver a veces caminando hacia atrás, tratando de regresar el tiempo, intentando encontrar el instante de su vida cuando todo se empezó a desmoronar. Algunas veces se le puede ver moviendo los labios, susurrando viejas canciones, recitando olvidados poemas, contando historias que nadie conoce. Pobre culpable, su vida fue prometedora, sus días debían estar llenos de gloria y sus noches llenas de estrellas. Pobre culpable, el darwinismo social lo engulló de un bocado y sin piedad. Lo que debieron ser sus historias de vivencias ahora no son más que historias de supervivencia.

De bar en bar se puede ver deambular al culpable, mendingando una cerveza por aquí, otra por allá; algunos le ofrecen algo de comer pero él ofuscadamente rechaza los alimentos, él sólo desea beber para calmar por unas horas su ansiedad de paz, su deseo de tranquilidad. Sentado en una banqueta se le puede encontrar los viernes y sábados por la noche, con una cerveza tibia a medio beber, un cigarro y el deseo de no sentirse más culpable. Sentado y cabizbajo escucha las notas musicales que escapan en medio de la jungla cacofónica de aquel lugar infestado de vulgares cantinas, su voz imperceptible siempre susurra las mismas canciones de protesta e inconformidad.

Pobre culpable, no sabe que su hora se acerca, ignora que su culpa no es sencilla, ignora que su culpa es un delito grave en su país. Desgraciado culpable, desconoce lo ridículo de las leyes de su nación, no entiende que defenderse del dueño de los medios de producción es una condena segura, no entiende que aquel puñetazo que le propinó una semana atrás al dueño del Lexus que intentó atropellar al perro jiotoso que era su amigo, le costará su libertad, le costará la vida… ¡Pobre culpable!

martes, 12 de agosto de 2014

Acerca del Rock en Guatemala.

El fuego de la juventud nunca ardió en forma de acordes musicales, como les sucedió a mis amigos. Mi juventud no transcurrió en medio de la ilusión del rock star -no en primera persona- pero sí vi a mis amigos inscribir sus nombres en el listado de semidioses buscando la forma de entrar al olimpo.
Han transcurrido más o menos quince años desde esa época en la que los acordes heavy-metaleros estremecían nuestros oídos y ampollaban los dedos de mis amigos al tratar de imitarlos en sus propias guitarras. Años que nos vieron lucir enormes melenas sin preocuparnos por el futuro.
Nunca aprendí a tocar instrumento alguno, no porque no me gustara el rock and roll sino porque lo mío nunca fue ser parte de una banda. Sin embargo me gustaba asistir a los conciertos under que se organizaban. Fue en esos años, en esos lugares, con esas personas que aprendí a amar la música y la literatura.
Finales de la década noventera, el país se encontraba sumergido en un esperpéntico proceso de paz entre militares y guerrilla. La libertad de expresión era un peligroso derecho que sólo los valientes ejercían. La música era un medio de comunicar ideas que no era bien visto por las autoridades. Era un peligro continuo ir a los conciertos de Bohemia Suburbana, Viernes Verde, Radio Viejo y demás grupos del momento. Las letras de sus canciones contaban historias que herían susceptibilidades poderosas, protestaban contra planetas decadentes con burros presidentes, retrataban personajes grises sumidos en su existencialismo post guerra interna, chapines de sangre con influencia grunge.
Muchos años después, en el presente, me pregunto si no estaré muy viejo para apreciar la actualidad musical guatemalteca. Escucho bandas nuevas con enorme calidad musical, pero el profesionalismo se queda sólo en la forma porque el contenido me parece somero, ligero, plástico o como quieran llamarlo. ¿De qué me sirve un sonido de calidad impecable cuando ya no hay algo inteligente que decir a quien escucha? Cantar en otro idioma tampoco vuelve mejor las canciones. Tener los mejores instrumentos que el dinero pueda comprar no vuelve a nadie un dios del rock and roll. ¿Dónde quedó el arte comprometido de las bandas nacionales? Parece ser que intentan una especie de arte por el arte, pero aún esa concepción creo que se puede quedar en un vano intento.
Los ideales de las botas negras parece que se ahogaron en un mar de tonadas pegajosas, bailables y carentes de sentido. Un amigo me dijo una vez: “el rock no ha muerto, sólo está corrompido”, deseo con todas mis fuerzas que así sea y que algún día cobre nueva fuerza y denuncie los síntomas de una sociedad guatemalteca cada vez más enferma. 
En este punto debo admitir que he exagerado un poco, hay algunas buenas bandas pero por mala fortuna vivimos en un país donde no se da mucho apoyo al verdadero talento pero eso, eso es harina de otro costal que tal vez en algún momento me anime a abrir.